Las experiencias difíciles durante la infancia, como los conflictos familiares o la negligencia, pueden dejar marcas duraderas en el cerebro, afectando el desarrollo cognitivo hasta varios años después. Esta es la conclusión principal de un nuevo estudio realizado por investigadores en el Hospital Brigham and Women’s en Massachusetts (EE. UU.). Por lo tanto, destaca la importancia de la estabilidad y el apoyo emocional en los primeros años de vida. Pero, ¿qué hace una infancia difícil en el cerebro después de todo?
La infancia difícil deja marcas en el cerebro: ¡El estudio revela efectos!
El enfoque de la investigación fue en la materia blanca que se llama así. Es un tejido cerebral profundo compuesto por fibras que llevan información entre las diferentes regiones del cerebro. Mediante el análisis de imágenes cerebrales de más de 9000 niños de 9 a 10 años, los investigadores concluyeron que las situaciones adversas de la infancia se asociaron con una reducción en la integridad de la materia blanca en varias partes del cerebro.


El equipo midió esta integridad a través de un indicador llamado anisotropía fraccional (FA). Por lo tanto, descubrió que los niveles más bajos se correlacionaron con actuaciones más débiles en las pruebas de matemáticas y idiomas realizadas hasta tres años después. Los factores adversos identificados fueron el uso de sustancias por parte de los padres, dificultades en el acceso a la atención médica y la percepción de la inseguridad en el vecindario.
Aunque el estudio no prueba una relación de causa y efecto, ya que las imágenes cerebrales se han recopilado solo una vez, los datos sugieren que las dificultades tempranas pueden comprometer la comunicación entre las diferentes áreas del cerebro y, en consecuencia, el desarrollo cognitivo.
Sofia Carozza, neuróloga y autora principal del estudio, señala que «los efectos de la adversidad infantil no se limitan a una o dos regiones cerebrales. Como tal, afectan la sustancia blanca de manera general». Sin embargo, también hay signos de esperanza. Los niños que tenían padres cercanos y una red de apoyo sólido mostraron una mayor protección contra los efectos negativos de estas experiencias.
Este estudio refuerza la urgencia de crear entornos estables y saludables para que los niños crezcan. Como concluye Carozza, «el cerebro humano espera un ambiente seguro durante la infancia, y deberíamos trabajar para que más niños puedan crecer con este tipo de apoyo».

